miércoles, 6 de julio de 2011

La bilocura, todo ventajas.

Por lo visto se ha descubierto que la bilocación cuántica ( fenómeno perteneciente al batiburrillo dislocado de la física cuántica, gracias al cual ahora se afirma que vivimos desdoblados; eso sí, no se sabe si mejor o peor que aquí, detalle que podría sosegar mucho a los indignados, o indignarlos más aún), produce un saludable efecto lifting. Así que, te vaya como te vaya en este mundo, si te vuelves bipolar y le juras a tu mujer que mientras te estabas tomando unos wiskies con una rubia, en realidad estabas deslomándote en el despacho haciendo horas extras, la piel de la cara no se te cae de vergüenza, sino que muy al contrario se te estira por arte de birlibirloque a lo Burt Reynolds.

La iglesia Católica recomienda desconfiar de este asunto, el del desdoblamiento, al que llama materializaciones aéreas, que es algo así como el pedo de una vaca con forma humana. Si los políticos estuvieran más al tanto de los avances de la física cuántica habrían encontrado aquí una oportunidad única de convencernos a todos de que no importa lo puteados que estemos en esta realidad, pues existe otra, paralela, en la que todos vivimos como banqueros y encima con unos cuantos años menos. ¿No les recuerda a los sermones de los curas? Lo mejor es que además de esto y para deleite de los que disfrutamos del absurdo, acabo de leer que, "El aumento de la temperatura corporal puede hacernos brillar como un pez abisal o una luciérnaga gigante. Y eso sin llegar a incinerarnos". Así que cuanto más nos calentamos con toda esta sarta de tonterías la parapsicología afirma que fosforescemos. Es decir, si usted está muy indignado y además tiene fiebre, reluce en la oscuridad como la estrella de Pinocho. Todo ventajas.


Menos mal que para todo tenemos una explicación y si no, nos la inventamos.


Yo me parto.

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miércoles, 22 de septiembre de 2010

INTELIGENCIA EMOCIONAL

INTELIGENCIA EMOCIONAL

Un amigo mío dormía con los ojos abiertos. Yo me acercaba a él para saber si estaba muerto.
—Es que no quiero perderme nada— bromeaba.
Años más tarde se quedó ciego.
—Total, para lo que hay que ver —me dijo un día.
Luego se alejó dando golpecitos a su alrededor con el bastón.
La inteligencia emocional consiste más o menos en eso.
Y no es moco de pavo.

Buen día a todos.

sábado, 12 de junio de 2010

ZEN He dejado de pelear, he renunciado a las batallas emocionales y se me ha quedado un espacio de alquiler. Hoy he puesto un anuncio en el Segunda Mano: Se alquila espacio emocional, rellénese a ser posible con bondades. Como nadie me ha contestado al anuncio, lo he redactado de otra forma: Señorita restaurada precisa de decorador. Me ha llamado un chico joven que me ha preguntado qué era lo que quería decorar. Se lo he explicado: —Tengo vacíos emocionales que no sé cómo rellenar. Una buena amiga que ha hecho un cursillo de Zen me ha echado un cable: —Aprende a disfrutar de las cosas pequeñas y cotidianas, verás como encuentras mucha paz en ellas. Es que te has acostumbrado a los melodramas y eso te ocupaba mucho espacio. Como yo soy muy literal me he comprado una cortaúñas y un dedal que me han parecido cosas bastante pequeñas, comparadas con los holocaustos emocionales a los que he estado acostumbrada. Para ahorrar tiempo he tratado de disfrutar de las dos cosas simultáneamente. Así que me he colocado el dedal en un dedo (¿dónde si no?) y al mismo tiempo he tratado de cortarme las uñas con mi recién adquirida guillotina podal. El resultado ha sido una masacre sin precedentes que me ha obligado a escaldarme el dedo gordo del pie para evitar una infección. Si el dedal hubiera sido más grande podría haberlo usado a modo de escudo protector. En cambio lo he vendado y he andado coja un par de días. Dos días más tarde tenía un uñero de los clasificados según el podólogo como Natrum Sulphuricum. Al parecer existen mucho tipos de uñeros, los hay que producen fiebres y escalofríos y otros que te dejan el dedo azulado. El mío es el de color azul. Esta pequeñez me ha obsequiado con un desasosiego que me ha ocupado varios días. Y tendrá razón mi amiga Después de leerme toda la información que había en internet sobre los uñeros azulados y de prometerme a mi misma no volver a participar en los chats sobre zócalos corporales, me he preguntado si quizá no sentía esa paz tan anhelada porque aún no había elegido algo lo suficientemente pequeño, así que he bajado a la ferretería y me he comprado una caja de chinchetas de las más pequeñas que he encontrado. El dueño de la papelería tenía la radio puesta a todo meter con “Esta vida loca” de Francisco Céspedes, al que Dios confunda, y me he dicho que esta otra pequeñez cotidiana, lo de tener la radio a toda pastilla noche y día, ciertamente ocupaba mucho espacio emocional. El problema es cuando el espacio emocional que ocupas es el del otro. El dueño de la papelería acompasaba la sufriente canción con una pequeña minusvalía que le hacía cojear y que ha hecho que comprar una caja de chinchetas durara más de un siglo. He vuelto a casa sintiéndome inútil en esto de disfrutar de las pequeñeces y he llamado a mi amiga que me ha hecho una revelación que me ha aclarado el meollo del asunto. — No tiene que ver con las cosas, es cómo las miras. — ¿Y cómo tengo que mirarlas?— le he preguntado humildemente. — Tienes que mirarlas con amor— me ha dicho. He colocado los tres objetos frente a mí, el dedal el cortaúñas y las chinchetas y me he dedicado unos minutos a mirarlas con todo el amor que era capaz de sentir por el latón y otros metales, que adivino que no es mucho. Finalmente los he metido en una caja en la que también guardo algunas fotos de carné viejas en las que no me reconozco. Leo la definición de pequeño en el diccionario y entre todas reparo en una: Bajo, abatido, humilde y no sé por qué me he acordado de la señora que me limpia la casa los sábados. Entonces he pensado que lo de amar lo pequeño y cotidiano es una actividad que debería de estar bien delimitada. Y ahora resultará que el Zen es para ricos, porque no me puedo imaginar a la señora de la limpieza mirando con amor los veintisiete euros que le pago por deslomarse tres horas en mi casa, ni al señor que me va a pintar el salón embelesado con los kilos de aguaplast que va a tener que usar para alisarme el gotelé inmundo que repta por las paredes, ni al emigrante que toca en los vagones del metro amando lo cotidiano de su vida clandestina a hurtadillas de los vigilantes. Así que esto de amar lo pequeño y cotidiano es algo muy polémico de difícil dicción y entendimiento. A lo mejor lo mío tiene que ver con aceptar que uno está solo, que la vida puede ser mortalmente repetitiva y que sin darme cuenta me he quedado atrapada en el tiempo, solo que en mi película ni siquiera celebramos el día de la marmota. He sacado la foto de carné y la he clavado con una chincheta en la pared de mi dormitorio. Todas las mañanas abro los ojos y me pregunto si alguna de estas descubriré que la de la foto es otra yo que vive una vida emocionante sin cortaúñas asesinos, ni enfermedades azuladas, ni cantos dolientes de pega. En la que las cosas pequeñas son eso, cosas pequeñas que ocupan poco espacio y las grandes e importantes están dignamente resueltas. Por cierto, la foto de carné es muy pequeña y yo he perdido vista, seguro que por eso no consigo reconocerme. Una pequeñez sin importancia.
REFORMAS



Mi novio dice que Julia Roberts tiene la sonrisa más maravillosa del mundo. Lo dice mirando mis dientes, que se empujan unos a otros intentando ganar espacio. Mi novio tiene una sonrisa perfecta llena de unos dientes maravillosos que escupen palabras duras como piedras. Me pregunto si una cosa tiene relación con la otra.
Después de años de indecisión decido hacerme una ortodoncia. La dentista me obsequia con un corrector de quita y pon y me recomienda que lo lleve el mayor tiempo posible. Me lo pruebo delante de ella e intento hablar, pero sólo consigo escupir a la enfermera, morderme la lengua y engancharme el labio de arriba entre los alambres, de manera que muestro sin pudor todas las protuberancias del maxilar superior a mi dentista, (si no me creen echen un vistazo a las suyas) que llena de profesionalidad, aprovecha para observar que el color de mis encías es más propio de las morenas que de las rubias y que tengo el paladar ojival.
Después de este desconcertante descubrimiento que me hace pensar en la catedral de León y en las bóvedas de crucería, le pregunto si conseguiré tener la sonrisa de Julia Roberts y ella me contesta que para eso haría falta una operación de cirugía estética y un milagro. Luego me da la tarjeta de su psiquiatra. La doctora me advierte que a mi edad, corregir el apelotonamiento de dientes me llevara unos tres años.
Como me crezco ante los retos salgo de la consulta con el firme propósito de conseguirlo en menos tiempo y me propongo llevar el aparato a todas horas.
Esa tarde tengo que coger un tren a Alicante, así que aprovecho para acostumbrarme al corrector. Me instalo en mi asiento, me coloco discretamente los alambres en sendos maxilares y me relajo.
No ha pasado ni un minuto cuando se me acerca una señora que se mueve como un trasatlántico y me pregunta si no me importaría cambiarle el asiento. Yo trato de articular una palabra y consigo emitir un ceceo salival que ella interpreta como una tara mental de algún tipo. Para sacarla de su error, me llevo la mano a los labios e intento explicarle con gestos que llevo algo en la boca que me impide hablar con claridad. La buena mujer asiente con amistosa compasión y se acerca a su marido para susurrarle algo. El marido de la señora, con la misma eficacia de un mariscal de campo, se apresura a informar a una de las azafatas de que soy sordomuda. Yo, sobrepasada por el malentendido y por la velocidad de los acontecimientos, no tengo más remedio que asentir con un gesto resignado.
Inmediatamente un despliegue de simpatías invade mi compartimiento. El mariscal de campo me ofrece su ayuda para cambiarme de asiento y me alienta a que lo siga con gestos de guardia civil, como si además de ser sordomuda tuviera problemas de dirección. Una vez instalada en mi nuevo asiento percibo que una oleada de empatía ha caído sobre mí. Mis compañeros de viaje se comunican conmigo a través de todo tipo de guiños, pestañeos y movimientos oculares que traduzco como signos de solidaridad.
Lo de muda lo asumo con valentía, lo de la sordera lo llevo peor, porque es que a mí cualquier ruidito me sobresalta. Así que me esperan cuatro horas de hacerme la sorda sin mover ni un músculo. Para colmo entra una señora en nuestro vagón con un retoño que no para de berrear los primeros doscientos kilómetros, y yo finjo indiferencia mientras me concentro en el paisaje y se me taladran los tímpanos. Probablemente llegue a mi destino sorda, me digo, y con el sistema nervioso hecho trizas. Pero la alternativa de confesar que todo ha sido un malentendido me hace pensar, no sé por qué, en linchamientos.
Por si tuviera ya poca tarea, las azafatas me obsequian con refrescos variados y todo tipo de aperitivos que tengo que rechazar porque llevo el aparato aún puesto. Aún así, alentada por una insistente azafata, intento meterme un cacahuete en la boca que termina quedando atrapado entre el falso paladar y el verdadero. Declino amablemente con la cabeza un sándwich, una porción de cake y una ensalada, y trato de beberme a sorbitos minúsculos un zumo de melocotón con el que hago discretos enjuagues para intentar desatascar el cacahuete. Como era de esperar, termino tirándome el zumo sobre la pechera. La señora y su marido se ratifican en su convencimiento de que ser sordomuda conlleva algún que otro tipo de tara psicológica y yo corro a esconderme en uno de los aseos para sacarme el cacahuete, comerme de manera convulsiva un par de pastas de té que he conseguido deslizar en uno de mis bolsillos y blasfemar en voz baja. Salgo del aseo y recorro el vagón bajo la atenta mirada de los viajeros que me sonríen solidariamente.
Antes de llegar a mi asiento otra azafata que arrastra un carrito con la prensa del día, me ofrece un periódico y me invita a que señale el que me interesa. Tengo un momento ofuscación en el que trato de dilucidar si los sordomudos saben leer y ante la duda niego con la cabeza. Inmediatamente me invaden unos minutos de angustia cuando recuerdo que llevo el móvil conectado y que si alguien me llama no sabré cómo reaccionar. Admito que no conozco en absoluto el mundo del sordomudo y me hago el firme propósito de leer sobre el tema. Corro de nuevo al cuarto de baño, esta vez provista de mi bolso, y desconecto el móvil. A mi vuelta descubro que un viajero que ha subido en Albacete ha ocupado mi asiento y trato de explicarle con gestos que esa es mi plaza. El mariscal de campo acude en mi ayuda y tras explicarle que soy muda, todo queda arreglado. El sujeto en cuestión, un señor con aires de España exclama:
— Con esa cara tan bonita, no necesitas nada más.
Una segunda oleada, esta vez de exaltación, recorre el vagón y todos aplauden. Ignoro los aplausos y me desplomo sobre mi asiento. Tengo un hambre de mil demonios y un cargo de conciencia que no me tengo.
Cuando el tren llega a su destino, me apresuro a salir del vagón, pero un tropelío de gente solícita lucha por ayudarme a bajar las maletas. Yo lo agradezco con graciosos movimientos de cabeza. El mariscal de campo me orienta hacia la puerta de salida y yo me bajo a toda prisa.
Camino por el andén consciente de que mis compañeros de viaje me siguen con la mirada. No he andado dos pasos cuando me topo de narices con mi novio que ha decidido sorprenderme y recogerme en la estación.
— ¿Qué tal el viaje? — me pregunta y luego me estampa un beso en la boca.
Yo aprieto los labios porque no quiero que note los alambres, ni los hierros, ni las dos máquinas que me tienen aprisionada el habla.
— ¿Qué te pasa en la boca? — me pregunta y yo no digo ni mú.
Él me mira sorprendido y yo más aún. Y es que como me ha dicho aquél señor, no necesito nada más. Ni una palabrita.
Nos subimos en silencio al coche y antes de que arranque, me bajo, descargo mi equipaje y vuelvo a la estación.
He hecho el viaje de vuelta meditando, mi paladar ojival necesitaba un silencio eclesiástico.
Esta tarde he ido al dentista y le he dicho que ya no me importaba tener la sonrisa de Julia Roberts. Luego le hemos dado una vuelta más a la máquina para ensancharla, pues milagrosamente mis dientes se habían alejado unos de otros creando un nuevo espacio.
Uno nuevo que antes estaba ocupado.
No duden en arreglarse la boca si es que llevan años tratando de hacerlo.
A veces hacer reformas es necesario.




AMORES IMPOSIBLES


" Una ciudad puede trasladarse, un pozo no"
Del I Ching o El libro del cambio.


Como en cualquier encuentro, cuide los detalles. Anuncie con voz de barítono su ofrecimiento y espere unos segundos a que los menos abducidos por la pantalla del televisor contesten. Según la cantidad de seguidores que haya conseguido podrá calcular el volumen de agua y el recipiente a emplear y un ambiente de vaga esperanza se extenderá por su cocina. No tiemble, no se arrepienta, permanezca firme hasta el final. Espere unos minutos antes de decidir qué usar. Una vez arrojado el ovillo de la decisión, agárrese fuertemente al extremo y déjese llevar. La cosa irá rodada. Con la misma tranquilidad de cualquier rutina sentirá que se dirige a los objetos adecuados sin apenas gastar un mínimo de inteligencia. En este momento la esperanza que invadía su cocina se habrá convertido en una fe casi militar. Utilice esto para ahorrarse cualquier titubeo o duda y cuando el agua esté hirviendo y el ambiente sea de profunda religiosidad, puede empezar una plegaria. Cualquiera será apropiada para esta ocasión siempre que elija el tono adecuado. Un murmullo como de mosca con un cierto tono de hechicería. La bolsita en la mano izquierda y la cuchara en la derecha. Acentúe el movimiento de los labios e incremente el volumen cuando esté arrojando el té en el agua. Como he dicho al principio, los detalles son importantes. Luego elija el colador y deséese suerte. El agua seguirá su curso natural cuando incline el cazo y probablemente el vapor empañe sus ojos y sumerja en una romántica bruma sus manos, el colador y el té. En esos momentos solo alcanzará a oír cómo el líquido se estrella contra la pila si, llevado por la ingenuidad y no el sentido práctico, no ha puesto debajo una taza. Si a pesar de esto aún tiene dudas podrá comprobar una vez disipada la niebla, cómo tampoco está vez pudo el pescador atrapar al pez. El colador y todos sus redondos agujeros parecerá mirarle con ojos asombrados, y quizá, aún estremecido, intente apresar alguna gota que no tardará mucho en estrellarse junto a las demás.
Si se le escapa alguna lagrima, no acapare protagonismo pues no ha sido usted más que la alcahueta de un amor imposible y además es posible que solo sea un poco de vapor de agua.

Postdata:
Probablemente, movido por la melancolía, caerá en la vulgaridad de filosofar acerca de la fugacidad de la vida o semejantes. Reconozca que solo son intentos de disfrazar de profundidad otro tropezón contra la misma piedra, o de seguir comiendo la sopa con el tenedor
PERCHAS Y DESMAYOS TEXTILES.


El otro día un amigo mío y yo hablábamos sobre el fracaso de la publicidad artística. Mi amigo argumentaba que los anuncios habían sido fagocitados por el ego del publicista y que ya no cumplían su función. Tanta creatividad se come al mensaje. La gente no se queda con el nombre del producto que se anuncia, sino con el paisaje, o el paisanaje. De manera que terminas comprándote el muñequito de Elvis del anuncio, que bailotea en el parachoques del coche. Pero de la marca del coche, ni idea.
Los daños colaterales de un exceso de creatividad, son muchos y variados. Aún recuerdo a una amiga de mis tíos que se dedicaba a la grafología y que tras infructuoso intentos de sanar a toda la familia, afirmaba que nuestro problema era que no distinguíamos donde debíamos poner nuestra creatividad. Si te inventas la realidad vas listo. Me alivia descubrir que no somos los únicos—a mí el mal de muchos siempre me ha consolado—, muy al contrario, es una desorientación muy extendida, felizmente practicada por los diseñadores y socialmente muy bien aceptada, sobre todo por el gremio de los consumidores.
—A esta camiseta se le deshace el bajo.
—No es que es así, este año vienen las camisetas sin rematar.
Una señora nos escucha con interés y advierto que echa miradas de reojo a la camiseta que, se mire como se mire, es una mierda, pero que de pronto ha pasado a convertirse en el último grito de la moda. Yo, que aún conservo un rastro de lucidez, insisto:
— ¿Y no será que se les ha olvidado coserlo?
—No creo, porque nos han venido todas así.
La camiseta se balancea delante de mí con una perturbadora melena de hilos colgándole del bajo. Consigo resistirme a la tentación de ser la primera, esta primavera, en lucir ese desaliño tan valorado. Detrás de mí, la señora en cuestión se abalanza sobre el despojo.
Lo cierto es que cuando nos convertimos en consumidores somos capaces de desrealizarnos totalmente y comprarnos todo tipo de absurdeces sin ningún tipo de pudor. El problema comienza cuando al llegar a tu casa despliegas toda la mercancía adquirida y te sacude una oleada de perplejidad poética: “¿Era yo, o soy otra acaso la que habita en mí?”.
Por eso no me cabe otra cosas que atribuirle al mérito a los diseñadores y al apoyo indiscutible de los vendedores. Salir de compras es, sin lugar a dudas, entrar en una realidad paralela llena de daños colaterales.
Y si no, que alguien me explique lo de las perchas de las tiendas. Sí, las perchas.
¿Quién no ha sufrido el daño colateral del diseño de las perchas?
Un ligero toque a la percha y la prenda en cuestión se desliza hacia el suelo rápidamente. Esta tarde, en menos de tres minutos, he conseguido desperchar, una camiseta, una camisa, un vestido, un top, una chaqueta y un jersey. Para terminar de complicar la cosa observo que las perchas tienen preferencias y aficiones.
Por ejemplo, las faldas y los pantalones no se caen con la misma facilidad que las camisetas, camisas y chaquetas. El pantalón se pliega en genuflexión sobre la barra de la percha haciéndose el muerto. Así que el problema del pantalón no reside en sacarlo sino en volverlo a meter en una ranurita no más ancha que un centímetro. La paciencia del cliente tiene un límite que por lo visto el diseñador presupone infinito.
También advierto que algún alma caritativa pero igualmente ineficaz y por supuesto dispuesta a encontrar soluciones para las escuperchas, ha ideado una forma de retener las camisetas contra viento y marea, que consiste en sujetarlas gracias a unas cintas que a modo de finos tentáculos se enrollan, con desesperación, al cuello de la percha. Hacerse un sudoku de nivel tres, es más fácil que tratar de descolgar una de esas camisetas.
No puedo evitar imaginarme a las camisetas abrazadas al metal mirando como a su alrededor se desploman en un santiamén una docena de camisas y otros congéneres. Y tendrán razón los que dicen que a los españoles nos gusta tirar cosas al suelo. A todo se acostumbra uno, hasta a pasar un par de horas comiendo con los amigos en un bareto sembradito de papeles, pieles de gambas y huesos de aceitunas, o a salir de compras para coger un lumbago.
Pero volviendo a las perchas.
Como no estaba dispuesta a dejarme vencer por las dificultades he decidido desoír los consejos de mi grafóloga y aplicar toda mi creatividad al asunto. He deambulado por la tienda vanagloriándome de adivinar, sin tocar las perchas, las características de la prenda.
— A mi derecha una sudadera gris con doble botonadura. A su lado pantalón pata de elefante en viscosa y algodón. Izquierda: falda años veinte con cremallera de doble dirección.
— ¿Y donde has visto todo eso? — me pregunta mi amiga Beatriz.
— En Zara.
— Pues yo estuve ayer y no les quedaba nada.
Ay, si ella supiera.
Luego he tratado de echar miraditas de reojo sin tocar. En cuestión de minutos he desarrollado una habilidad de contorsión ocular de notables resultados y digna del gran Houdini. Así que paseo indemne entre percheros moviendo los ojos aleatoriamente como un camaleón. Todo tiene su truco. Mientras practico mi recién adquirida habilidad, una dependienta se me queda mirando. Yo a mi vez miraba una camiseta que se sujetaba como podía a la percha. Imitando a “Los hombres que miraba fijamente a las cabras” intentaba derribarla con el poder de mi mente. La dependienta se me ha acercado amablemente para preguntarme si podía ayudarme en algo y yo he aprovechado para darle un golpecito a la percha, derribar la camiseta en cuestión y salir echando leches de la tienda. Luego me he lamentado de no haber aprovechado la ocasión de exponerle mis dudas sobre la utilidad de tener la ropa colgada.
¿No sería mejor dejarla en el suelo a modo de desmayos textiles? Finalmente he entendido que quizá se trataba de una argucia para tener a los empleados ocupados. Si uno hiciera una percha correcta de esas que cumplen su utilidad, es decir, sujetar la ropa, ¿en que ocuparían su tiempo libre los dependientes? Y más ahora que hay crisis. Probablemente escribirían poemas, o terminarían filosofando sobre la vacuidad de nuestra existencia. Tantas horas rodeado de poliamida, nylon y acrílicos no pueden traer nada bueno.
Imaginen la escena:
—¿Y esta percha?
—Pues ya ve, es una percha que deja caer la ropa al suelo.
— ¿Y qué pretende con esto?
— Aumentar el rendimiento del trabajador al máximo.
— ¿Y el cliente?
— El cliente es un daño colateral.
— Y no sería mejor una percha de las clásicas.
— Deje, deje, que esas no sueltan la ropa ni pa tras.
Así que las perchas se deshacen de la ropa con premeditación y alevosía.
Y es que algunos vacíos mentales están muy en alza, pero gracias a Dios estamos rodeados de proveedores de sentido que nos permiten justificar las mayores memeces creativas. Por eso ya no computamos los daños colaterales.




UN LIFTING DE CORAZÓN


Mi hermana y yo pasamos mucho tiempo juntas. Ella envejece lentamente y yo con rapidez. Dicen que las rubias somos de peor calidad.
Me pongo delante del espejo del ascensor y tiro de la piel de la cara hacia arriba. Mi hermana me mira con el ceño fruncido.
—Así era antes, así soy ahora, antes, después, antes, después…—repito mientras estiro y aflojo la piel, que por la maldita ley de la gravedad va cediendo día a día.
Me encanta hacer eso, porque ella se tapa los ojos y ahoga un gemido de disgusto mezclado con una media sonrisa. Sabe que mi intención es escandalizarla.
Luego añado:
— Cuando tenga dinero me pondré hilos de oro.
Y ella resopla un poco más.
El viaje en ascensor es rápido, así que la broma dura poco.
La vida es mucho más larga, pero la oxidación se apresura.
Hoy me ha traído un manojo de páginas de una revista del corazón. Las había arrancado para mí.
Ha entrado en casa y las ha sacado del bolso. Páginas arrugadas con fotos glamurosas de la última entrega de los Oscars. Las ha alisado bien con la mano, para que no me perdiera detalle.
—Mira, ¿ves? — me ha dicho mientras señalaba con un dedo la foto de una celebridad que sonreía a la cámara y adornaba su gesto con reales patas de gallo.
—Y mira esta otra y esta, y esta…
En un momento tenía a una docena de bellísimas actrices fotografiadas sin ninguna compasión. En primer plano, patas de gallo, descolgamiento del mentón, arrugas de expresión, surcos nasogenianos marcados, flaccidez del contorno del óvalo (como veis estoy muy puesta). En fin un carnaval de realidad.
Lo he pasado pipa mirando las fotos delante de mi hermana y convenciéndola de que estarían mucho peor si no se hubieran retocado. No estaba dispuesta a perder esos momentos en el ascensor con ella.
Luego he vuelto a hacerle el jueguecito de sube y baja delante del espejo de mi salón. Me temo que con tanto sube y baja estoy contribuyendo a acelerar mi vejez.

Mi madre pasaba la vida regañándome por mi afición a hacer muecas y a deformarme la cara delante del espejo. Me advertía del peligro que suponía eso para mi piel. Pero yo aprendí a hacer muecas para sobrevivir a otras cosas peores que las arrugas. Mis muecas hacían reír a mi madre y evitaban—la mayoría de las veces— las peleas entre mi padre y ella. Mi corazón no podía soportarlo.
El corazón se hace viejo a otra velocidad. A veces antes de tiempo, otras permanece Peter Panesco, toda su vida. Benditos inconscientes.
Sin embargo el lifting de corazón es mucho más eficaz que el de cara.
Yo siempre me sentí vieja, desde pequeña.
Ha llegado la hora de hacerme un lifting de corazón.
La vejez me asusta, me confieso a mí misma mientras me miro reflejada en una de las ventanillas del metro. Y descubro que ya no me gusta mirarme al espejo y eso me obliga a mirar hacia otro lado.
Ahora miro a la gente, miro la calle, miro a mi hermana, a mi hermano, a mi padre, a mis amigos.
Ahora miro mi casa, mis libros, a mis alumnos, a mis compañeros de trabajo, mis escritos, mis dibujos.
Ahora miro mis recuerdos y mis sueños.
El espejo ocupaba demasiado espacio para poder mirar todo esto.
Un lifting de corazón. Eso es lo que estoy haciendo. Y sin pagar ni un euro.
Me meto en el ascensor con mi hermana, me giro hacia el espejo y le digo:
—Antes, ahora, antes ahora, antes, ahora…
Mi hermana se tapa los oídos y comenta algo sobre mi obsesión. Luego nos reímos y un sinfín de patas de gallo recorren mis ojos.
Mientras nos reímos, mi corazón se estira, se hace grande, se hace joven.